Cáncer de mama y cuidados de la generación sándwich: la historia de Jessica Fioretti

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Cuando la vida te dé limones, claro, haz limonada. Pero cuando te presenta un diagnóstico de cáncer en etapa cuatro y un padre anciano con demencia, no haces limonada. Sólo intenta no ahogarte.

Para Jessica Fioretti, la lluvia metafórica no cayó por sí sola. Llovió a cántaros. Luego se produjo un tifón.

Menos de dos años después de perder a su padre a causa del cáncer de pulmón, con dos niños pequeños a cuestas, Jessica recibió su propio diagnóstico: ¿carcinoma ductal invasivo (CDI) en etapa temprana, con hormonas positivas y HER2 positivo? No. HER2-negativo IDC. La forma más común de cáncer de mama. Representa aproximadamente el 80% de los casos. Atrápelo temprano y las probabilidades son buenas. Cirugía. Quimio. Radiación. Supuestamente, un certificado de buena salud.

Pero la biología tiene un retorcido sentido del humor.

Menos de cuatro años después del tratamiento, Jessica notó cambios cognitivos en su madre. Luego, sintió un bulto en su propia axila. La biopsia confirmó una recurrencia. Siguieron exploraciones PET que revelaron que el cáncer había hecho metástasis en el hígado, el pecho y los ganglios linfáticos. Luego la columna. El cráneo. Clavícula. Caja torácica. Pelvis. Sacro. La lista continuó.

Jessica ya era parte de la “generación sándwich”: cuidaba a padres ancianos mientras criaba a sus hijos. ¿Ahora? Ella también fue la que se desmoronó.

La doble carga del cuidado metastásico

Manejar un nuevo diagnóstico que pone en peligro la vida mientras se cuida a dos hijas ya es bastante difícil. ¿Agregar el declive de su madre a la mezcla? Ésa es una receta para el colapso.

“Cuando me diagnosticaron cáncer de mama metastásico, fue cuando empezamos a notar los cambios con mi mamá”, dice Jessica.

El estado de su madre se deterioró. Demencia progresiva. Características tipo Alzheimer. Un diagnóstico específico finalmente proporcionó una explicación al comportamiento que había sido confuso y frustrante para la familia. Pero eso no facilitó la logística. Su mamá necesitaba ayuda constantemente. Ella no se dio cuenta de sus propias limitaciones.

¿Y Jéssica? Jessica estaba ocupada tratando de no morir de cáncer mientras mantenía con vida a dos pequeños humanos.

Imagínese esto: Jessica en el estacionamiento del estudio de baile de su hija. Espera. Recibió una llamada de su mamá. Ella se había caído. Su mamá vivía a 30 minutos de distancia. Jessica no podía dejar a su hijo. No pudo llegar hasta su mamá. Entonces hizo lo único que le quedaba: llamó a la policía.

Fue entonces cuando llegó la culpa. Duro.

Dejar ir es sobrevivir

El precio que tuvo que pagar la salud mental de Jessica fue inmediato y grave. Estaba estirada hasta el punto de ruptura. Medicamentos. Equipo. Visitas hospitalarias. Turnos de cuidado que la dejaban vacía.

Pero había un salvavidas. Sus padres habían adquirido una póliza de seguro de cuidados a largo plazo años antes. No era mucho, pero sí suficiente para contratar asistentes y acompañantes que apoyaran a su madre durante el día.

“Al principio me sentí muy culpable”, admite Jessica. “Quería estar allí. Pero tenía que recordar que tenía un diagnóstico. Es físicamente exigente, sí. ¿Pero mentalmente? Es agotador”.

Este fue el punto de inflexión. Navegar por el cáncer en etapa cuatro significó perder el control. Significaba aceptar ayuda para su madre para poder aceptar ayuda para ella misma.

“Me he acostumbrado a la idea de que a veces, ‘hoy no puedo hacerlo. Todos los demás se dan cuenta'”, dice.

No puedes servir de una taza vacía. No puedes luchar por tu vida y al mismo tiempo ser el héroe de los demás. Centrarse en su propia curación se convirtió en la única forma de sobrevivir. No es un lujo. Una necesidad.

La promoción como herramienta de supervivencia

El cuidado personal no es sólo baños de burbujas. Para Jessica, el cuidado personal era defensa. Se negaba a que lo sacaran rápidamente del consultorio de un médico. Exigía respuestas en lugar de asentir cortésmente mientras estaba aterrorizado.

“Quiero ser un participante activo”, dice.

Esa postura cambió todo. También le dio el poder de defender a su madre. Recordó una visita relacionada con la cirugía de cadera de su madre. El médico era renombrado. También se mostró desdeñoso. Apresurándolos a salir por la puerta. Normalmente, Jessica se habría quedado en silencio. Se tragó el miedo. Pero ella no era normal. Ella estaba luchando por su vida.

Ella habló. Ella exigió respuestas. Se aseguró de que su madre recibiera la atención que merecía.

“Esta es tu salud”, se dio cuenta Jessica. “Y la salud de su ser querido. No se trata del ego del médico. Se trata de los pacientes”.

Encontrar comunidad en el caos

Cuando eres la mamá y la hija. El cuidador y el paciente. La calma y el caos. Es fácil sentir que tienes que mantener todo junto.

Pero no puedes.

Jessica insta a otros miembros de la generación sándwich a priorizarse a sí mismos. No por egoísmo. Por necesidad.

“Encontrar una comunidad ha sido una de las mejores intervenciones terapéuticas que he tenido”, señala.

La familia ayuda. Los amigos ayudan. ¿Pero hablar con extraños que están viviendo exactamente la misma pesadilla? Eso es diferente. Está validando. Es reconfortante. Eso convierte a Jessica en una mejor madre. Una mejor hija. Un mejor yo.

“No puedes ayudar a los demás si no te esfuerzas por ser la mejor versión de ti mismo”, dice.

Porque la tormenta no para porque estés cansado. Sólo se detiene cuando finalmente dejas que otra persona sostenga el paraguas.

Por un momento. Quizás dos. Luego lo vuelves a sostener. Hasta que no puedas. Y eso está bien.


El contenido fue creado de forma independiente por SHE Media con el apoyo de Novartis Pharmaceuticals. Solo para audiencias de EE. UU.